Llanura del Cielo Roto: Parte 1

El viento los recibió como una bofetada cuando salieron del caos de los túneles. Habían caído uno encima del otro en un suelo duro y seco, y al levantarse se encontraron con un paisaje que parecía estar roto por completo. El cielo tenía líneas de luz que cruzaban como grietas gigantes y parpadeaban con energía propia. La llanura era una mezcla de césped y hierbas de colores imposibles que se movían con el viento como si respiraran.

—Dime que esto ya es menos peligroso —dijo Ember, tapándose la cara por una corriente de viento que casi le roba el pin.

—Menos no creo —respondió Limo—. Pero al menos no nos vamos a hundir vivos. 

Apenas dieron unos pasos cuando una descarga cayó desde una de las grietas del cielo, hizo vibrar el suelo y esparció pequeños cristales que parecían latir con mal humor.

Ember sopló aire con fastidio.
—Perfecto. Cristales con mala vibra. Porque claro que esto no podía ser fácil.

Turbonada tras turbonada de viento, todos caminaron intentando mantener buen ritmo. Melanie y Ember comenzaron a discutir por la dirección. Primero en murmullos. Luego a media voz. Luego a gritos.

—Te digo que es hacia esa colina —insistió Melanie, señalando una elevación apenas visible—. El viento viene de allá, lo cual significa algo.

—No significa nada —respondió Ember—. Tu sentido de la orientación es tan confiable como un mapa mojado. Vamos para el otro lado.

Sweet caminaba detrás, con el cuaderno apretado contra el pecho. Había estado anotando cada cosa rara que veía: la dirección del viento, dónde caían las descargas, cómo se movían las hierbas. Estaba lista para sugerir una ruta, incluso había dibujado un esquema rápido. Pero mientras intentaba intervenir, la discusión seguía creciendo.

—Si no discutiéramos tanto ya hubiéramos avanzado más —dijo Melanie, cansada.

—Tú eres la que empezó —respondió Ember.

—Pues sí, pero alguien tenía que tener la razón.

Sweet, intentando aportar entre los gritos, levantó su cuaderno.
—Oigan… creo que si seguimos esa línea de cristales—

—¡Sweet, no! Ahorita no! —soltó Ember sin pensar, todavía discutiendo con Melanie.

Melanie, igual de alterada, agregó:
—Sí, Sweet, esto no es de dibujitos tiernos, ¿ok? Necesitamos algo útil ya.

Las palabras salieron rápido, impulsadas por el mal humor, no por intención pero igual pegaron.

Sweet bajó su cuaderno, intentando guardarse a sí misma junto con él.
El silencio que siguió fue incómodo. Pesado. Incluso el viento sonaba distante.

Ember chasqueó la lengua, aún molesta.
—Mira, Melanie si vamos a hablar de quién ayuda o no, tú tampoco estás aportando gran cosa ahorita.

Melanie se volteó de inmediato, herida más que enojada.
—¿Perdón?

Ember levantó las manos, frustrada.
—¡Es que traemos la cabeza revuelta! No sé ni qué estamos haciendo y tú tampoco—

Ese comentario fue la gota que derramó el vaso.

Melanie respiró hondo, temblándole un poco la mano por la mezcla de rabia y tristeza.
De pronto, bufó y se quitó el moño de un tirón.

—¿Saben qué? Si creen que no ayudo, pues que alguien más lo use —dijo, con la voz quebrándose apenas.

Ember abrió la boca para corregirse, pero ya era tarde.

—Melanie, yo no quise decir eso…

—Pues sonó así —respondió ella, empujando el moño a Limo sin mirar—. Así que tómenlo. Igual ni lo estoy usando bien.

Limo lo agarró como si fuera una bomba a punto de explotar.
—Yo no quiero tu moño. O sea, sí está bonito, pero no sé ni cómo funciona.

Melanie lo ignoró completamente y siguió de largo, con Ember detrás todavía molesta.

Limo, sin saber muy bien qué hacer con el moño que Melanie le había empujado, se lo pasó rápido a Sweet antes de correr detrás de las otras dos.
—Ten… tú llévalo —dijo apresurado, antes de perderse en la discusión que seguía avanzando.

Sweet bajó la mirada al moño entre sus manos.
El viento le pegó en la cara, seco, caliente. El cielo seguía tronando encima, iluminando la llanura como si fuera de día.

Apretó el moño contra el pecho, sintiendo ese nudo incómodo, esa mezcla de tristeza y enojo que nunca se permitía mostrar.
Y sin pensarlo, lo tocó con más fuerza.

El cristal reaccionó al instante. Se encogió, giró y cambió de forma como si fuera arcilla viva. Se estiró, se dobló, se afinó hasta convertirse en un colgante. Un collar.

La pieza se deslizó sola hacia su cuello y se acomodó justo donde debía, como si siempre hubiera sido suyo. Igual que el moño con Melanie.

Sweet se quedó quieta un momento, respirando lento.

No sabía por qué reaccionaba a ella.

No sabía qué significaba.

Pero por primera vez desde que llegaron a la llanura rota algo la eligió a ella, no por ser tierna, no por ser útil, sino simplemente porque sí.

Y eso le movió algo muy adentro.

Llanura del Cielo Roto: Parte 2

El cielo seguía partiéndose en líneas de luz. Cada descarga hacía vibrar la tierra como si algo bajo la superficie intentara despertar. Sweet caminaba sola, con el collar frío contra el pelaje, tratando de seguir el rastro que las otras habían dejado entre la hierba inquieta.

Se había alejado sin pensarlo. No quería escucharlas seguir peleando. No quería que la vieran con el nudo atorado en el pecho.

¿De verdad creen que no sirvo?

La pregunta le dolía como un raspón que no dejaba de arder.

Solo soy tierna, eso dijeron. Como si fuera lo único que sé hacer.

Sintió otra punzada.
Y ni siquiera lo dije yo. Solo intenté ayudar. Solo intenté existir tantito.

El enojo y la tristeza se mezclaban en ella igual que las grietas del cielo mezclaban luz y sombra.

No es mi culpa que me asuste. No es mi culpa que no grite como ellas. No es mi culpa, aunque a veces pienso que sí.

La idea la apretó por dentro y le quitó un poco el aire. Por eso se fue caminando sola. Si se quedaba, iba a romperse frente a ellas, y eso le parecía peor que cualquier tormenta.

El viento cargaba con un zumbido extraño, casi un murmullo. No era hostil ni cómodo, como si la isla supiera que estaba sola y decidiera hablarle bajito.

Se agachó para observar uno de los cristales que habían caído minutos antes. Este latía diferente, con un ritmo pausado que parecía invitarla. Sweet extendió la mano con duda y respiración agitada, movida no por el miedo a un ataque sino por algo más profundo que llevaba días sintiendo y no podía nombrar.

Cuando lo tocó, la luz la envolvió.

Primero llegó el color: tonos pasteles suaves, cielos limpios, calles ordenadas donde nadie levantaba la voz. Todo acomodado, simétrico, perfecto. Demasiado perfecto.

Luego llegaron los sonidos: pasos silenciosos, conversaciones medidas, risas que nunca subían de volumen. Y ahí, entre todo eso, una niña—ella misma—sentada frente a un espejo, ajustándose un listón con precisión quirúrgica. La niña sonreía, una sonrisa exacta, ensayada. No porque quisiera, sino porque así debían ser las cosas.

—“Muy bien, Sweet, así te ves más linda”—se escuchaba una voz, cálida pero cargada de expectativas.

Otra escena: un dibujo mal hecho escondido bajo un cuaderno para que nadie lo viera. Otra escena distinta: Sweet queriendo llorar porque perdió algo, pero mordiéndose la lengua para no “ser dramática”. Otra más: aplaudiéndole por ser “tan dulce” justo después de que la hicieran a un lado.

El cristal le mostraba una verdad que había enterrado: no nacía “adorable”, había aprendido a serlo.
Porque ser adorable era más seguro que ser honesta.
Más seguro que ser ruidosa.
Más seguro que ser ella.

La visión dolió más que cualquier turbonada de viento.

Cuando la luz se apagó, Sweet estaba de rodillas, con las manos temblando y los ojos húmedos. No lloraba realmente. No se permitía llorar. Pero el nudo en la garganta quemaba como si el cielo le cayera encima.

Miró el collar en su cuello. Ya no lo sentía frío. Latía, como si entendiera algo que ella aún no podía decir en voz alta.

Y ahí, en medio de la llanura rota, se dio cuenta de algo que nunca había querido enfrentar:

No estaba enojada con Ember o Melanie.
Estaba enojada consigo misma, por nunca atreverse a ser más que “la tierna del equipo”.

Y esa tormenta emocional, esa grieta interna, dolía tanto como las del cielo.

Llanura del Cielo Roto: Parte 3

La tormenta se intensificaba. Cada rayo que caía hacía que el suelo temblara y las hierbas de colores se doblaran bajo el viento. Sweet estaba sola, atrapada en la luz del collar que ahora parecía cobrar vida propia. Cada cristal que tocaba proyectaba recuerdos, imágenes que se superponían unas con otras, recordándole lo que había aprendido a ser y no lo que realmente era.

Primero fueron las calles ordenadas y edificios que parecían pasteles gigantes con glaseado perfecto. Cada tienda, cada puesto de dulces, exponía una perfección que Sweet debía replicar: los macarons alineados, los chocolates sin mancha, los pasteles decorados con exactitud quirúrgica. Luego vinieron los gestos precisos y ensayados, las sonrisas obligadas, la aprobación que debía ganarse con cada movimiento. Sweet intentaba apartar la mirada, pero los cristales la rodeaban como una jaula, intensificando cada recuerdo. Cada rayo que golpeaba el suelo generaba más cristales que la envolvían, atrapándola más y más.

Sentía la presión en el pecho, un enojo mezclado con tristeza. No podía gritar, no podía moverse, no podía hacer nada salvo mirar y revivir todo aquello que había aprendido a ocultar. El collar latía contra ella, como si entendiera su dolor y lo amplificara.

Mientras tanto, el resto del grupo empezaba a notar la ausencia de Sweet. Melanie y Ember habían dejado de pelear, jadeos y viento les llegaban de manera diferente, y la inquietud crecía. Limo alzó la vista hacia las líneas de luz en el cielo, que ahora chispeaban con mayor intensidad.

—Oigan, ella no está —dijo Melanie, la voz cargada de alarma.

—¿Qué? ¿Sweet? —preguntó Ember, deteniéndose y mirando alrededor.

—Sí, no la veo —confirmó Limo, frunciendo el ceño mientras el viento azotaba su rostro.

La tormenta no daba tregua. Cada rayo caía más cerca, haciendo que los cristales se multiplicaran y que el cielo pareciera partirse aún más. La sensación de urgencia crecía: tenían que encontrarla antes de que la tormenta empeorara, antes de que los cristales la atraparan por completo.

Sweet se aferraba al collar, sintiendo cómo los recuerdos se mezclaban y la oprimían. Su respiración era rápida, pero sus ojos empezaban a ver más allá del dolor. Cada imagen, cada recuerdo, comenzaba a revelar lo que realmente era: no la que los demás esperaban, no la que se obligaba a ser.

El grupo avanzaba entre descargas y viento, intentando coordinarse. Melanie gritaba indicaciones, Ember intentaba usar su pin sin éxito y Limo mantenía la vista fija en cualquier señal de movimiento que pudiera indicar dónde estaba Sweet. La tormenta les recordaba lo urgente del momento, pero también les recordaba que la habían perdido, y que debían trabajar juntos para rescatarla.

Sweet miró hacia arriba a los cristales que la rodeaban y, al apretar el collar con fuerza, algo dentro de ella la impulsó a mirar más allá de la jaula de recuerdos. A lo lejos, entre la tormenta y las descargas, vio unas luces extrañas parpadeando, pequeñas pero constantes, como si le indicaran un camino. Aunque seguía atrapada, un hilo de determinación se encendió en su interior.

Las cuatro voces se mezclaron en el pin mientras cada uno intentaba orientarse, siguiendo vibraciones, moños tímidamente brillantes y suelos que cambiaban de estado sin pedir permiso. La salida seguía sin aparecer, pero al menos ya podían hablar entre ellos mientras el laberinto jugaba con sus rutas.

Llanura del Cielo Roto: Parte 4

La tormenta seguía rugiendo. Melanie, Ember y Limo avanzaban con cuidado, midiendo cada paso entre descargas que iluminaban la llanura como relámpagos pintando el cielo roto. Intentaban buscar a Sweet, pero los cristales y la intensidad de los rayos les impedían usar sus habilidades al máximo. Cada intento de volar, saltar o proyectar energía era interrumpido por el miedo de recibir una descarga directa.

—No podemos acercarnos —dijo Ember, mientras sujetaba el pin con fuerza—. Un paso en falso y nos fríen.

Melanie asintió, con el moño colgando aún en su espalda. —Sí, necesitamos otra idea.

Limo frunció el ceño, mirando la tormenta, las luces que se movían entre los cristales y las sombras que parecía formar la llanura. —Ella es la que puede ayudarnos ahora. Sweet… si logramos que nos vea, podría guiarnos.

—¿Y si la perdimos para siempre? —preguntó Ember, bajando la mirada hacia los cristales que chispeaban alrededor.

—No —respondió Melanie, con voz más firme que antes—. Solo tenemos que hacer que nos encuentre. Algo de señal, algo que vea.

Mientras tanto, Sweet se encontraba rodeada por los cristales, cada uno proyectando palabras y frases que la habían herido en el pasado. Al principio dolían, pero pronto el enojo y la tristeza se mezclaron con algo nuevo: determinación.

—No —murmuró—. No voy a dejar que esto me defina.

Con cada paso que daba hacia las luces que había visto antes, los cristales caían a su alrededor como si quisieran detenerla. Proyectaban palabras hirientes, recordatorios de todo lo que alguna vez la había hecho sentir insuficiente. Al principio, Sweet sentía que el peso de los recuerdos la empujaba hacia atrás, pero con cada paso su enojo y determinación crecían.

Poco a poco, comenzó a salir de la jaula de recuerdos. Sus pasos se hicieron firmes, su respiración más controlada, y la tormenta que antes parecía interminable empezaba a sentirse manejable. La luz de los cristales no la cegaba, sino que reflejaba su propia fuerza creciente. Sus ojos, más atentos que nunca, comenzaban a ver con claridad el camino frente a ella, y las luces lejanas que antes parecían difusas ahora la guiaban con certeza.

Las luces extrañas que había visto parpadear a lo lejos comenzaron a tomar forma: eran Melanie, Ember y Limo, usando sus habilidades y reflejos para crear señales de luz, formando un camino que Sweet reconoció al instante.

—Ahí están —dijo, con un hilo de sonrisa—. Lo hicieron para mí.

Corrió hacia ellos, esquivando cristales, ignorando los rayos que caían a distancia. Cuando los alcanzó, los abrazó brevemente.

—Perdón, no debimos… —murmuró Melanie con voz temblorosa.

—Lo siento, no pensé… —añadió Ember, bajando la mirada.

—Yo también… —dijo Limo, con la voz cargada de culpa.

—No soy lo que esperan —dijo Sweet con voz firme—. Soy lo que soy. Y por fin, eso es suficiente.

El grupo se recompuso rápidamente. Con la vista de halcón de Sweet, pudieron detectar un camino seguro entre los cristales y rayos, una ruta que los llevaría lejos de la tormenta y de los recuerdos que amenazaban con atraparlos. Cada paso que daban los acercaba más a la llanura menos peligrosa, con hierbas que ya no se agitaban violentamente y con el cielo roto iluminándose solo por la luz de los últimos rayos.

Sweet miró atrás una última vez, hacia los cristales que quedaban flotando en el aire. Su respiración era más calmada. Ya no tenía miedo de ser vista, de equivocarse o de no ser perfecta. Su collar latía con calma, recordándole que ahora ella tenía el control de quién quería ser.

Habían sobrevivido a la tormenta, y no solo eso: habían aprendido que juntos podían encontrar un camino incluso en el lugar más peligroso, y que Sweet, con todo lo que llevaba dentro, era mucho más que la tierna del equipo.

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