Túneles arenosos: Parte 1

El viento cálido golpeó sus rostros cuando llegaron a la siguiente isla. A primera vista parecía un desierto tranquilo, con dunas suaves extendidas como una alfombra polvosa suspendida en el aire. Pero al tocar el suelo, la arena brilló con reflejos verdes y violáceos que se movían con la luz como si respiraran. Sweet entrecerró los ojos, desconfiando mientras hacía unas anotaciones rápidas en su cuaderno sin decir nada.

—Ok, esto se ve medio bonito pero cero confiable —murmuró Ember, tocando el suelo con la punta del pie.

—No exageres, ni siquiera nos ha atacado nada todavía —respondió Melanie, sacudiéndose el polvo de la ropa.

Limo se inclinó, tomando un poco de arena.

—Tiene unos minerales interesantes, quizá le interesen a Sweet —dijo, levantando la vista.

Sweet guardó su cuaderno con naturalidad.

—No lo sé, para mí todo aquí se siente extraño. Si algo nos va a atacar, será desde abajo o desde el aire, nunca cuando lo esperamos.

Precisamente cuando dijo eso, la arena frente a ellos se oscureció. Una sombra se extendió como tinta entre los granos y empezó a tomar forma. No tenía cuerpo ni rostro, sino una silueta temblorosa que parecía hecha de humo. Otra surgió detrás, y luego otra más, avanzando hacia ellos en silencio absoluto.

—Ah, perfecto, ya empezamos —dijo Ember, levantando las manos—. Ni cinco minutos de paz.

—Corran —ordenó Sweet sin discutir.

Melanie no necesitaba que se lo repitieran. Salió disparada como si estuviera en una pista, seguida por Limo, Ember y Sweet. La arena estalló bajo sus pies con cada paso mientras las sombras serpenteaban detrás, deslizándose como criaturas enormes que esperaban el momento de saltar.

—¡Esto es una mala idea! ¡Estamos sacudiendo todo! —gritó Ember mientras esquivaba una piedra incrustada en la arena.

—¿Y qué quieres? ¡¿Que las invitemos a tomar café?! —respondió Sweet sin dejar de correr.

Melanie miraba hacia adelante, intentando concentrarse, pero la arena vibraba bajo ella como si la isla tuviera pulso. Su moño comenzó a brillar con un rosa brillante, reaccionando al movimiento y señalando vibraciones peligrosas en el suelo.

—¡El piso se está partiendo! —advirtió.

No hubo tiempo para cambiar de dirección. El suelo se hundió de golpe como una trampa y los cuatro cayeron. Todo se volvió arena, color verde y violeta moviéndose como un torbellino. Gritos, rodillazos, un codazo accidental de Ember a Limo y un “ay, mi espalda” que nadie supo de quién fue.

El impacto no fue tan doloroso como esperaban. Aterrizaron en un corredor subterráneo, oscuro, pero iluminado por minerales incrustados en las paredes que brillaban en tonos rosados y morados. Las sombras de la superficie no los habían seguido, pero la arena del techo vibraba levemente, como advirtiendo que cualquier cosa podía volver a colapsar.

Ember se levantó, sacudiéndose.

—Ok, nadie hable fuerte. Ya entendí la dinámica de este lugar, el suelo nos odia.

Sweet ya estaba observando los cristales y haciendo notas rápidas con cara de concentración.

Melanie dio unos pasos adelante con el moño brillando.

—Mejor avancemos con cuidado. Si no queremos caer a otro nivel, no corramos.

Ember asintió.

—Bueno, mínimo aquí no hay tentáculos. Toco madera.

Una vibración recorrió el túnel desde algún punto oscuro, como si algo se moviera bajo ellos.

Los cuatro se quedaron mirando al techo.

—Mejor no toques nada —dijo Sweet.

Y así, en silencio, comenzaron su camino por los túneles arenosos.

Túneles arenosos: Parte 2

El golpe de la caída todavía les dolía un poco, pero al menos estaban de pie. Frente a ellos se extendía un laberinto de túneles angostos que parecían haberse construido sin ninguna lógica. Algunos se inclinaban hacia arriba para luego torcerse a la izquierda en un ángulo imposible, otros cruzaban por encima como si desafiaran la gravedad, y algunos parecían continuar recto, solo para curvarse como cintas de papel. Melanie comenzó a respirar más rápido.

—Oye, ¿estás bien? —preguntó Ember, notando cómo su moño parpadeaba como foco nervioso.

—Sí, o sea, creo que sí —respondió Melanie—. Es solo que esto de no saber qué está pasando me estresa un buen. Siento que si no hago todo perfecto, algo sale mal.

Sweet la miró de reojo.

—¿Por eso siempre corres primero?

—Pues sí. En mi mundo todos compiten. Creces así. Si no llegas antes, alguien más lo hace —dijo Melanie, encogiéndose de hombros—. Y cuando corres carreras, te acostumbras a no pensar mucho, solo moverte.

Limo asintió, analizando un cristal que cambiaba de rosa a verde.

—Interesante. En mi dimensión es lo contrario. Todo es lento. Todo se estudia. Todo tiene un proceso. A veces tanto que te puedes tardar años en aprender un solo truco de magia y la gente piensa que es normal.

Ember soltó una carcajada.

—Bueno, mínimo allá no te corretean criaturas mutantes hechas de lo que sea que sea esto.

Justo entonces, una forma hecha de arena y cristal se deslizó por el techo como si nadara en él. Los cuatro dieron un paso atrás al mismo tiempo.

—Retiro lo dicho —añadió.

Sweet aprovechó la pausa para seguir anotando algo en su cuaderno sin explicarlo.

—En mi dimensión todo es trabajo y precisión —dijo mientras escribía—. Todo debe estar bien hecho. No rápido, no lento, solo bien. Y si fallas, no pasa nada… pero tampoco pasa nada si aciertas. Es raro.

—¿Y eso no te desespera? —preguntó Melanie.

Sweet guardó su cuaderno.

—Por eso estoy de malas aquí. Por primera vez algo importa, y no tengo idea de qué es.

Limo levantó una ceja.

—¿Y tú, Ember? Falta tu turno.

Ember pateó una piedrita que cayó en un pasillo lateral e inmediatamente el túnel se inclinó como si reaccionara.

—Bueno, en el mío todo es ruido —respondió mientras recuperaban el equilibrio—. Música, gente, movimiento. Si te detienes, te pierdes. Así que uno aprende a ir fluyendo y ya. Por eso aquí me choca, porque fluir no sirve cuando el piso decide ponerse vertical.

—Bueno, mínimo ninguno siente que su mundo es como este —dijo Melanie.

En ese momento, varias criaturas hechas de arena y cristales brillantes emergieron del techo como si gotearan desde entre las rocas. Limo las observó con concentración.

—¿Correr o pelear? —preguntó.

—Correr —respondieron los tres al mismo tiempo.

Salieron disparados por un pasillo que se dobló a la derecha, luego arriba, luego regresó al mismo punto de antes.

Ember levantó ambas manos.

—Ok túnel misterioso, ya entendimos que aquí nada funciona como en nuestros mundos. ¿Ahora sí nos dejas pasar?

La luz de los cristales parpadeó como si el lugar se riera de ellos. El túnel frente a ellos se abrió de pronto, mostrando un pasillo nuevo que antes no existía.

Sweet suspiró.

—Bueno, supongo que esta es la salida falsa del día.

—O la correcta —dijo Melanie, dando un paso adelante.

El piso vibró, el túnel se transformó y de nuevo fueron empujados hacia lo desconocido.

 

Túneles arenosos: Parte 3

Creían que por fin habían encontrado una salida. Un túnel ancho se abría frente a ellos con una luz tenue al fondo, casi como una promesa. Limo dio un paso con una pata extendida, evaluando el suelo.
—Creo que por aquí sí funciona —dijo con cautela.

Ember avanzó con más confianza y su pin emitió un chasquido metálico.
—Si este camino nos saca de aquí lo voy a besar. El túnel, no el pin. Bueno tal vez al pin también.

Sweet frunció el ceño y revisó el suelo con el cristal que llevaba.
—Todo parece estable. Hasta el aire huele menos raro.

Melanie sonrió con un poco de esperanza mientras su moño emitía un brillo suave que iluminó las paredes.
—Oigan, sí se ve bonito. Igual esta sí es la salida buena.

Dieron tres pasos más y el piso vibró como si se estirara y encogiera. Luego colapsó en bloques que cayeron en direcciones totalmente opuestas. Cada uno gritó de manera distinta al ser tragado por agujeros que se abrieron bajo sus pies.

Sweet cayó de lado en un túnel angosto que parecía estar volteado. Al incorporarse notó que su pelo apuntaba hacia un lado en lugar de hacia abajo.
—Perfecto. Aquí la gravedad hace lo que quiere.

Su cuaderno cayó flotando frente a ella y lo atrapó con rapidez. Miró un hueco que parecía un techo aunque estaba frente a su cara. Lo empujó con cuidado y se abrió como una tapa.
—Bueno, al menos hay puertas. O techos. O tapas. Lo que sea que sea esto.

A unos túneles de distancia, Melanie avanzaba a paso pequeño. El moño brillaba solo lo necesario para indicar zonas menos peligrosas. Cada que lo hacía, ella susurraba al aire:
—Gracias. No me mates. O no me tires. O no me lances hacia arriba.

Un temblor sacudió el túnel y Melanie terminó aterrizando en lo que claramente era el techo.
—Bueno, esto también sirve.

En algún punto intermedio, Limo caminaba como si inspeccionara un museo que cambiaba de forma.
—Interesante. Este túnel antes era recto. Voy a fingir que no está girando como remolino.

El suelo se volvió inclinado de repente y lo lanzó hacia un agujero circular. Cayó en una rampa que lo dejó sentado frente a una pared llena de cristales que vibraban al ritmo de algún sonido lejano.
—Muy bien. No tocar. Rotundamente no tocar.

Ember aterrizó en un pasillo más amplio donde varias criaturas de arena y cristales se deslizaban como serpientes silenciosas. Al verlas, levantó las manos.
—Tranquilas. Solo ando viendo. No busco pleito. Solo busco una salida o una señal o un cartel que diga por dónde.

El pin en su ropa emitió un sonido agudo y luego la voz de Melanie salió distorsionada.
—¿Ember? Creo que estoy en un túnel pegado al techo. Dime que no soy la única perdida.

Ember abrió los ojos sorprendida.
—Oigan. El pin otra vez está funcionando como walkie talkie y todavía no entiendo cómo. Pero creo que podemos usarlo para encontrarnos.

La voz de Limo sonó después.
—Yo sigo vivo. No sé en qué dirección. Si alguien ve un cristal que canta, no lo toquen.

Luego se escuchó Sweet.
—Encuentren un punto que no se mueva. Nos reunimos ahí. Si es que existe alguno.

Las criaturas avanzaron detrás de Ember con curiosidad mientras ella retrocedía en puntitas.
—Chicos, también tengo compañía. Si me comen, avisen en mi dimensión que no fue mi culpa.

Las cuatro voces se mezclaron en el pin mientras cada uno intentaba orientarse, siguiendo vibraciones, moños tímidamente brillantes y suelos que cambiaban de estado sin pedir permiso. La salida seguía sin aparecer, pero al menos ya podían hablar entre ellos mientras el laberinto jugaba con sus rutas.

Túneles arenosos: Parte 4

Creían que estaban cerca, pero cada intento por reencontrarse solo empeoraba las cosas. Melanie caminaba sobre lo que parecía una pared que respiraba, Sweet iba colgando de un túnel invertido y Limo seguía atravesando pasillos que cambiaban de forma como si tuvieran ganas de marearlo. Ember, por su parte, discutía en voz alta con su pin porque dejó de funcionar.

—Ya por favor coopera. No es tan difícil. Solo prende o algo —gruñó Ember, sacudiéndose arena del pelo.

El hartazgo colectivo llegó a su límite. Melanie empezó a dar saltos entre plataformas inclinadas sin medir la altura, Sweet avanzó empujando paredes para ver si alguna cedía, Limo analizaba vibraciones sin esperar confirmación y Ember decidió hablarle a cualquier criatura que la viera.

—A ver tú. ¿Entiendes palabras? ¿Sí? ¿No? ¿Tal vez? —preguntó, señalando a una pequeña forma de arena con cristales en la espalda.

En ese momento, Sweet resbaló y tocó de lleno a una criatura que se movía por la pared. Todas las criaturas se congelaron.

Estas dieron un chillido agudo y salieron disparadas. Al instante, a lo lejos, uno de ellos escuchó un rumor fuerte moviéndose por los túneles:
—¿Qué fue eso? —preguntó Melanie, tensándose.

Ember, sin ver a nadie, escuchó su voz mezclada con las demás a través del pin, como si por fin hubiera decidido servirle. Frunció el ceño con alivio y duda a la vez.
—Ok, ya los escucho. ¿Ustedes también oyeron lo mismo o ya estoy imaginando cosas?

El sonido creció y Limo, desde otra parte del laberinto, alcanzó a ver sombras moviéndose rápido.
—Están corriendo… todas —murmuró Limo—. No sé de qué, pero es estampida.


—¿Corren? ¿De qué? ¿De nosotros? —dijo Sweet, sin saber si sentirse ofendida o aliviada.

—Bueno, mínimo no nos comieron —dijo Melanie, respirando hondo.

Limo observó el patrón de movimiento, entre analítico y frustrado.

—Se están moviendo en la misma dirección. No es una huida aleatoria. Más bien parece una ruta.

Ember entrecerró los ojos con sospecha optimista.

—¿Y si… no sé… las seguimos? No puede ser peor que todo lo demás que ya hicimos.

Melanie levantó la mano como si votara.

—Sí jalo. Peor no se pone, ¿no?

Sweet suspiró con un tono de “ni modo”.

—Si se ponen violentas, mínimo sabremos que la idea era mala.

Limo asintió, ya caminando sin esperar al resto.

—Ok, regla rápida: no toquen nada a menos que sea estrictamente necesario para no morir —dijo Limo, rindiéndose ante el caos.

Las criaturas aceleraron. Los cuatro corrieron detrás y, cuando los túneles empezaron a doblarse y sacudirse como si intentaran deshacerse de ellos, cada uno terminó aferrándose a una criatura diferente sin pensarlo demasiado.

Ember abrazó una que chisporroteaba cristales.

—Perdóname pero te voy a usar como taxi.

Sweet se prendió de otra mientras gritaba:

—¡Si me tiras, regreso y te barro con recogedor!

Melanie iba tambaleándose con los pies arrastrando arena.

—Ay no no no. Si vuelas avísame para no gritar de más.

Limo mantenía una mano firme, como si intentara analizar a la criatura mientras lo arrastraba.

—Su dirección es constante. Esto es bueno. Creo.

Las criaturas se alinearon de pronto, acelerando hacia un punto en el que el túnel se abría en un agujero gigantesco, oscuro y vibrante como un corazón colosal. No había piso. No había paredes. Solo un vacío que los llamó con un rugido sordo.

—¿Eso es una salida? —preguntó Melanie.

—O un hoyo gigante que nos va a tragar. Igual voten rápido —dijo Ember.

—Yo digo que sí es salida —dijo Sweet, aunque no sonaba convencida.

Limo observó el borde.

—Las criaturas saltan. Si saltan, debe tener sentido.

Las criaturas dieron un salto coordinado hacia el abismo y los arrastraron con ellas. Los cuatro se soltaron al mismo tiempo, pero se encontraron cayendo juntos sin poder evitar agarrarse mutuamente.

Sweet atrapó a Ember del brazo. Melanie se aferró de la camiseta de Limo. Limo tomó a Sweet de la mano antes de que se alejara más. Era un caos de gritos, arena, cristales y túneles alejándose detrás de ellos.

—¡No me suelten! —gritó Melanie.

—¡No los estoy soltando! ¡Tú no me sueltes! —gritó Sweet.

—¡Así no era como imaginaba reencontrarnos! —añadió Limo.

—¡Perfecto, justo así quería yo caer al vacío, en grupito! —soltó Ember, histérica.

El vacío los engulló. Una luz estalló debajo y la caída terminó de golpe cuando algo sólido los recibió.

Habían salido de los túneles. O al menos, eso parecía. Pero seguían tirados en un suelo desconocido, entrecruzados como nudo humano y exhaustos.

—Lo logramos ¿verdad? —jadeó Melanie.

—Creo que sí —respondió Sweet.

Ember levantó el pulgar con la otra mano atorada bajo Limo.

—Y nadie murió. Leve milagro.

Limo respiró, aún procesando.

—Quisiera decir que fue estrategia, pero no lo fue.

Una ráfaga de aire pasó sobre ellos. Estaban en otro lugar. Fuera del laberinto.

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