Estanque de Cristal: Parte 1

El pasadizo serpenteante finalmente se abrió hacia un claro que los dejó paralizados por unos segundos. Delante de ellos se extendía un lago translúcido que parecía sólido como vidrio, con aguas tan claras que cada reflejo del cielo se multiplicaba en un juego de luces desorientador. Los cristales pálidos brotaban entre raíces y rocas cercanas, pulsando suavemente como si respiraran, iluminando todo con destellos que danzaban sobre la superficie. La arena húmeda que bordeaba el lago brillaba bajo esos reflejos, creando un escenario increíble.

—¿El suelo es sólido o un espejismo gigante? —preguntó Sweet, inclinándose sobre la orilla y observando el agua con ojos atentos y brillantes. Su voz mezclaba curiosidad y cautela.

—Si corro sobre él sin ahogarme, entonces es sólido —dijo Melanie, saltando de un lado a otro con una sonrisa de emoción pura.

—Me gustaría verte intentarlo —murmuró Ember, cruzándose de brazos y frunciendo el ceño. Observaba el reflejo del lago con desconfianza, evaluando cada onda bajo sus pies.

—Es inquietante —intervino Limo, moviendo una piedra hacia un cristal cercano. Los cristales respondieron a su toque con un pulso azulado, intensificando la magia del lugar.

Melanie extendió la mano hacia un cristal sumergido en el agua y, al tocarlo, se formó un pequeño halo amarillo alrededor de su brazo. Una burbuja luminosa se materializó frente a sus ojos mostrando fragmentos de un paisaje desconocido.


—¡Chéquense esto! —gritó Melanie, girando hacia los demás—. ¡Este cristal me está mostrando algo increíble!

—Pues yo solo veo agua —negó Ember, con tono seco, aunque un hilo de preocupación cruzó su expresión.

—Yo también quiero probar —bromeó Sweet, tocando otro cristal. La luz se intensificó en un destello cálido que iluminó sus ojos, reflejando sorpresa y determinación.

Limo se inclinó sobre un grupo de cristales más grandes, observando cómo la luz seguía la forma de sus dedos. Un pulso azulado se extendió hasta sus manos, como si el cristal intentara comunicarse.

—Creo que cada uno ve cosas distintas —dijo Limo con voz tranquila—. No es que el cristal mienta; nos muestra lo que necesitamos ver.

Ember rodó los ojos, pero no se movió. Cada chispa sobre el agua aumentaba su desconfianza, aunque un pequeño interés la hacía mirar de reojo.

—No se fíen de este lugar —dijo con sarcasmo—. Podría ser un truco de la isla para que caigamos al lago.

—Entonces toca algo —respondió Melanie, con tono desafiante—. Para ver qué pasa.

Ember bufó, pero finalmente extendió la mano. Un pulso frío la recorrió y vio paisajes imposibles, con cielos de colores extraños y figuras moviéndose con vida propia. Retrocedió un paso, sorprendida y asombrada.

Mientras exploraban, Melanie se detuvo frente a un cristal más grande que los demás. Flotaba ligeramente sobre el agua, girando lentamente sobre sí mismo, y emitía una luz que parecía tener su propia fuerza magnética. Al acercar la mano, la luz se expandió con un pulso cálido que la envolvió y, ante sus ojos, el cristal comenzó a adaptarse a su forma, transformándose en un moño brillante que giraba suavemente sobre su cabeza, como si hubiera sido hecho solo para ella. Su emoción iluminó todo su rostro.

—¡Miren! —exclamó Melanie—. Este cristal… ¡quiere seguirme!

Limo, curioso, tocó el mismo cristal. En lugar del moño, se acomodó alrededor de su cuello formando una bufanda luminosa, flotando suavemente mientras giraba con él. Ambos se miraron fascinados, sin poder creer lo que veían.

Melanie brincaba con el moño girando sobre su cabeza,  jugando con la luz que seguía sus movimientos.

Ember frunció el ceño y cruzó los brazos, aunque su mirada se suavizó ante el brillo magnético del cristal. Un hilo de curiosidad apareció en sus ojos; incluso ella sentía que aquello no era un simple juego.

Melanie giró sobre sí misma, su moño brillando intensamente.

—¡Increíble! —exclamó—. Esto se siente como un sueño que cambia a cada segundo.

Limo asintió levemente, observando cómo los cristales se alineaban alrededor del lago, formando figuras y reflejos que parecían danzar.

—Debemos explorar esto juntos —dijo con calma, y todos lo miraron atentos.

Ember suspiró, dejando escapar un pequeño gruñido que no pudo ocultar del todo su interés.

—Muy bien… empecemos —dijo, sarcástica pero decidida. Entre risas y descubrimientos, los cuatro comenzaron a interactuar con el Estanque de Cristal, disfrutando del juego de luces y formas sin darse cuenta de que aquel sería solo el primer paso para comprender los misterios que guardaba la isla.

Estanque de Cristal: Parte 2

Tras un rato de tocar los cristales, intentando descifrar las visiones fugaces que proyectaban, algo cambió en el ambiente. El suelo retumbó con un golpe seco y el agua del lago comenzó a agitarse, primero con ondas suaves y luego con burbujas que subían como si el fondo estuviera hirviendo. Alrededor de ellos, los cristales pequeños se estiraban y torcían, creciendo de forma irregular, como si quisieran cerrarles el paso y aprisionarlos en ese círculo brillante.

Propiedad de 4 Dimensiones

—Ay no, esto no suena nada bien —murmuró Melanie, llevándose las manos a las orejas—. Es como cuando pasa un tráiler y vibra toda la calle.

—¡Es culpa del moño! —gritó Ember, señalando la cabeza de Melanie—. ¡Lo activaste!

Sweet levantó una ceja, cruzándose de brazos incluso mientras el suelo temblaba.
—Otra vez culpando a la persona que se ve más feliz con un accesorio nuevo. ¿Nadie piensa en su autoestima?

Melanie sujetó el moño brillante, todavía emocionada, aunque el cristal se sacudía como si quisiera escapar de sus manos.
—Oigan, pero es mío, ¿no lo ven? Me eligió a mí.

El lago soltó un burbujeo más fuerte, casi como un rugido. El cristal dio un tirón hacia el agua y arrastró a Melanie un par de pasos, casi de panza al suelo.

—¡Tu accesorio nos va a hundir! —dijo Ember, rodando los ojos mientras trataba de jalarla de la mochila.

—¡No lo podemos dejar! —exclamó Melanie, abrazando el cristal que intentaba flotar de nuevo hacia el centro.

Limo la sujetó por los hombros, tirando en dirección contraria, con la cara roja de esfuerzo.
—Claro que podemos. Yo voto por soltarlo.

Sweet, con un sarcasmo apenas disimulado, lanzó:
—Yo voto por llevarlo. Se ve carísimo, seguro lo revendemos en el mercado.

El cristal volvió a dar un jalón más fuerte, arrastrando esta vez a los cuatro al borde del agua, todos patinando como si fueran principiantes en patineta.

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—¿En serio estamos peleando mientras todo tiembla? —bufó Ember, casi cayendo de sentón.

El cristal los jalaba hacia atrás cada vez que intentaban salir del círculo de agua. Uno lo sujetaba, otro lo soltaba, hasta que terminaron en un jaloneo absurdo: Sweet quería arrastrarlo, Limo trataba de empujarlo, Ember solo quería que dejara de sonar y Melanie chillaba porque no lo soltaran.

—¡Ya basta! —gritó Sweet, y en un impulso todos pusieron las manos al mismo tiempo sobre el cristal.

El pulso de luz se expandió, iluminando el lago entero. El temblor cesó. Los cristales que habían crecido se encogieron de nuevo como si nada hubiera pasado. Un silencio denso los envolvió.

Entonces, sobre la superficie del cristal, comenzó a dibujarse una imagen. No era clara, apenas un destello de sombras y luces que se mezclaban. El reflejo cambió de color, pulsando con un brillo extraño que parecía querer mostrarles algo más.

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Y así, con el corazón en la garganta y las manos temblando, entendieron que lo que habían tomado no era solo un accesorio sino una ventana hacia algo más grande.

 

Estanque de Cristal: Parte 3

El agua del lago estaba tranquila, reflejando suavemente la luz que emitía el cristal grande mientras los cuatro se quedaban en el suelo, abrazándolo. El cristal había vuelto a su forma original, girando suavemente y proyectando destellos sobre sus rostros. Cada uno comenzó a ver fragmentos de lugares extraños: autos veloces rugiendo por calles interminables, ingredientes flotando como si tuvieran vida propia, música estridente que parecía atravesar todo el cuerpo y magia chispeando por todas partes.

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—Eso… ¿es un concierto que pasó hace una semana en mi ciudad? —frunció el ceño Ember, observando las imágenes.

—Esa música estridente en mi colegio mágico estaría prohibida —comentó Limo.

—¿Colegio mágico? ¿Qué escuela es esa? —se sorprendió Sweet.

—Es la más prestigiosa del mundo —dijo Limo, sacándose de onda.

—Pues mi escuela de repostería es la más famosa, y yo enseño ahí —sonrió Sweet con orgullo.

—Se me antoja un postre, pero mi coach me lo prohíbe por las carreras mundiales —suspiró Melanie.

—¿Eres una corredora famosa? Nunca te he visto antes —dijo Ember con sarcasmo.
Melanie se encogió de hombros y sonrió traviesa:

—Deberían poner una repostería así en Chanclatán.

—¿Qué? —dijo Sweet, incrédula—. Pues ahí tengo mi escuela de repostería.

—Nunca he visto ese lugar —respondió Ember, arqueando una ceja—. Ni siquiera un puestito de postres cuando hay conciertos.

—Que nunca permitirían un concierto cerca de mi escuela —agregó Limo, exaltado—.

—¿Y dónde está tu escuela de magia? —preguntó Sweet, muy sacada de onda.

—En Chanclatán… Chanclatán del Sur —dijo Limo.

Las demás fruncieron el ceño, incrédulas:

—¿Así se llama la ciudad? —preguntó Ember.

—No, se llama Chanclatán del Norte —comentó Sweet.

—Es Chanclatán del Este —añadió Melanie.

—Chanclatán del Oeste —cerró Ember.

—Les juro que en Chanclatán no hay nada así —dijo Sweet, segura de sí misma—. Lo más emblemático es la torre de chocolate en el centro de la ciudad, con escaleras de caramelo que suben hasta la cima. Detrás de ella, hay un lago brillante que refleja los colores del cielo a cada hora, aunque nadie puede entrar; solo se puede pasar por encima.

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—Chanclatán es Chanclatán del Este —dijo decidida Melanie—. La torre es de acero y luces, altísima y vibrante, con plataformas y rampas para carreras. A sus pies hay un lago oscuro que refleja cada destello metálico de la torre, y nadie se atreve a tocar el agua; solo se cruza por los puentes flotantes que permiten que los carros veloces recorran la ciudad sin problemas.

—Se llama Chanclatán del Sur —afirmó Limo, sorprendido él por la descripción de la ciudad—. La torre está hecha de madera oscura, con balcones y enredaderas que se entrelazan y escaleras en espiral. Frente a ella se extiende un lago que parece absorber la luz, y solo se puede pasar sobre él, nunca entrar, se dice que está embrujado.

—Entiendan que es Chanclatán del Oeste —dijo Ember, cruzando los brazos con firmeza—. Su torre gigante funciona como antena y bocina; las luces parpadean al ritmo de la música que recorre la ciudad. Frente a ella hay un lago prohibido que refleja la torre como un espejo líquido, cambiando de color según la luz y los sonidos, y nadie puede meterse; solo se puede rodear.
A medida que describían calles, plazas y detalles, los destellos del cristal mezclaban fragmentos de sus mundos. Poco a poco, se dieron cuenta de que todos hablaban de la misma ciudad, Chanclatán, pero desde puntos distintos y con experiencias diferentes. La incredulidad se transformó en asombro y un entendimiento silencioso sobre la extraña conexión que compartían.

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—Bueno, ¿y cómo se llama en realidad tu ciudad? ¿Chanclatán de verdad o me estás tomando el pelo? —preguntó Sweet en voz baja a Limo.

Estanque de Cristal: Parte 4

Los cuatro se miraron, aún incrédulos. Los destellos del cristal les habían mostrado más que calles y torres; les habían dado pistas de mundos que no eran los suyos. Algunos reían nerviosos, otros fruncían el ceño tratando de descifrar si todo aquello era real o un truco del lugar.

—Si mi Chanclatán no es tu Chanclatán, ¿su Chanclatán es tu Chanclatán? —dijo Sweet, entre divertida y confundida.

—¡Mi Chanclatán no es su Chanclatán, pero tu Chanclatán sí podría ser mi Chanclatán! —respondió Melanie, riendo mientras giraba sobre sí misma.

—Entonces… ¿mi Chanclatán puede ser tu Chanclatán y el tuyo no el mío? —preguntó Ember, arrugando la frente y jugando con las palabras.

—Así que todos venimos de Chanclatán, pero no creo que sea el mismo pueblo —dijo Limo, entre serio y confundido—. O tal vez ni siquiera sea el mismo mundo.

—Oigan, ¿y si hay más personas en este sitio extraño? —preguntó Melanie, dando vueltas con las manos en la cintura—. ¿Solo nosotros nos metimos en esta… especie de dimensión alterna o hay más como nosotros por ahí?

—Yo digo que nos robaron de otra realidad —interrumpió Sweet, con un gesto dramático—. ¡Como si alguien nos hubiera sacado de nuestros mundos y nos dejara aquí para probar algo!

—Claro, y seguro quieren ver cómo nos peleamos por un cristal brillante —bromeó Ember, rodando los ojos—. O tal vez quieren estudiar nuestras reacciones en universos cruzados.

—Si es otra dimensión, seguro es de esas donde todo se ve igual pero nada funciona igual —dijo Limo, frunciendo ligeramente el ceño, con la voz cargada de confusión—. Lo que no entiendo es por qué solo nosotros aparecimos aquí… ¿por qué nadie más?

El silencio se estiró tras las palabras de Limo, cada uno perdido en su propia duda.

—Separarnos solo haría que nos perdamos más —dijo Ember, cruzando los brazos.

—O peor, que terminemos en otra dimensión rara —añadió Sweet, rodando los ojos.

Melanie tomó el cristal sin pensarlo demasiado; este volvió a transformarse en un moño brillante sobre su cabeza

 —Entonces, juntos… aunque no tengamos ni idea a dónde vamos —dijo con una sonrisa.

Los cuatro se miraron en silencio, con la extraña certeza de que esas visiones de sus mundos escondían algo más. Si ese cristal había revelado fragmentos, tal vez más adelante encontrarán más pistas. Y con paso firme, se adentraron en un destino desconocido, cargando más preguntas que respuestas.

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