Archipiélago de Niebla Eterna: Parte 1

La niebla cubría todo como una manta densa y húmeda; varias mini islas flotantes se conectaban por puentes naturales de raíces y lianas que se doblaban bajo cada paso. El aire estaba frío y húmedo, y el sonido lejano de criaturas invisibles hacía que cada movimiento se sintiera incierto. Algunos puentes parecían sólidos, pero al pisarlos se desvanecían como fantasmas, dejando solo un vacío bajo los pies.

Melanie avanzaba al frente, el moño brillante sobre su cabeza girando suavemente. Cada destello parecía atraer a los tentáculos que surgían de la niebla, estirándose hacia ella con curiosidad y fuerza, mientras dejaban a los demás relativamente a salvo, solo empujándolos hacia los lados. Sus ojos brillaban de determinación, ignorando los temblores que dejaba a su paso.

—¡Vamos, rápido! —gritó Melanie, acelerando sin esperar a los demás—. No podemos quedarnos atrás, ¡cada segundo cuenta!

Sweet frunció el ceño, intentando mantener el equilibrio sobre un puente que se doblaba bajo su peso:
—Si sigues corriendo así, vamos a terminar bailando sobre la nada… y no de forma divertida.

Ember rodó los ojos, aguantando un tirón del puente que casi la lanza al vacío:
—Melanie… respira. Cada paso tuyo hace que todo se mueva. ¡No es un juego de velocidad!

Limo avanzaba con calma, midiendo cada pisada, mientras más tentáculos surgían de la niebla, concentrados sólo en Melanie, siguiendo el brillo del moño:
—¿No te preocupa que los tentáculos te sigan solo a ti? —preguntó Limo, con un toque de preocupación.

 

Melanie no escuchó y continuó corriendo. La isla tembló violentamente, los puentes cambiaron de lugar y algunos se desvanecieron bajo los pies de Sweet y Ember. Un tentáculo emergió del borde de la neblina, estirándose hacia ella. Melanie dio un salto, pero la isla giró ligeramente y uno de los puentes casi se desplomó.

—¡Aguas! —gritó Sweet, agarrando a Ember para evitar que cayera—. Esto no es un circuito de carreras, ¿lo entiendes?

Melanie se detuvo solo un instante, jadeando, y el temblor de la isla disminuyó un poco. Miró a los demás y vio sus expresiones: preocupación, nerviosismo, incluso un toque de sarcasmo.

—¿Ven? ¡Nada pasó! —exclamó, tratando de recuperar la confianza—. Solo necesitamos velocidad y coordinación.

Ember suspiró, mientras un tentáculo más se enroscaba cerca del puente, como si midiera sus movimientos:
—Sí, coordinación… y un poco de sentido común nunca está de más.

Pero Melanie, aún temblorosa, comenzó a sentir dudas. La niebla parecía mostrarle reflejos falsos de los puentes la hacían tropezar con ilusiones que no existían y los tentáculos seguían atentos solo a ella, recordándole que su impulso podría ser peligroso. Cada paso en falso la llenaba de miedo: ¿y si su velocidad solo la llevaba a perder el control?

Archipiélago de Niebla Eterna: Parte 2

La bruma se espesaba, moviéndose como si tuviera vida propia, envolviendo los puentes que conectaban las islas flotantes. Cada paso resonaba con un eco húmedo, como si el aire mismo protestara por la intrusión. Sweet caminaba al frente, tocando con un palo improvisado las raíces antes de pisarlas.
—Si esto fuera tierra firme, ya habríamos avanzado tres veces más —murmuró, frunciendo el ceño.

Ember la siguió, con la mirada alerta.
—Sí, pero también estaríamos tres veces más perdidos. Aquí no hay norte ni sur, solo un mar de confusión con pésima visión.

Melanie bufó detrás de ellas, cruzándose de brazos. El brillo de su moño parpadeaba entre los fragmentos de bruma.
—Exageran. Solo hay que avanzar con decisión. ¡Miren ese puente! Seguro lleva a la salida.

Limo levantó la vista, dudando. El puente destellaba un resplandor dorado que parecía invitar a cruzarlo.
—No sé… ese brillo no se ve muy natural —dijo, retrocediendo un paso.
—¿Y si sí lo es? —insistió Melanie con una sonrisa confiada—. No podemos quedarnos aquí toda la vida, ¿no?

Antes de que alguien pudiera reaccionar, Melanie avanzó de un salto. Su moño giró con fuerza, iluminando el camino. La bruma giró con ella y los puentes temblaron bajo sus pies, como si respondieran a su velocidad.
—¡Melanie, espérate! —gritó Sweet, extendiendo la pata—.

Pero ya era tarde. La niebla se arremolinó, y el tiempo pareció fracturarse: los sonidos se alargaban, las gotas suspendidas flotaban en el aire, y todo a su alrededor se movía a ritmos diferentes. Sweet intentó gritar su nombre, pero su voz llegó lenta y arrastrada. Ember dio un paso y el suelo se curvó bajo sus pies como un espejo líquido.
—¿Qué está pasando? —murmuró, viendo cómo su propio movimiento se retrasaba.

De repente, el puente cedió. Ember perdió el equilibrio y cayó hacia el vacío, suspendida en un descenso extraño y silencioso. Sweet, atrapada en la misma lentitud, se lanzó hacia ella; su mano alcanzó la de Ember justo a tiempo, tirando de ella hasta estabilizarse sobre el borde tambaleante.

El torbellino se disipó con un estallido de aire frío. El tiempo volvió a su ritmo normal y ambas cayeron de rodillas, jadeando.

—¿Todo bien? —preguntó Sweet, todavía sorprendida—. Porque juraría que el tiempo acaba de hacer trampa.
Ember asintió, recuperando el aliento.

—Sí… si esto sigue, me mareo antes de caer.

Melanie seguía avanzando, ajena al caos. El puente bajo sus pies comenzó a desvanecerse en filamentos dorados que se fundían con la bruma.

—¡Melanie, detente! —gritó Sweet, con fuerza—. ¡No es real!

Ella se estiró, pero solo tocó aire frío. Cada paso hacía que la distancia entre las islas se ensanchara, empujándola más lejos.

—Genial —dijo Ember con ironía—. Otra vez se separó.

Limo observó las islas flotantes, intentando calcular.

—Los puentes cambian con el movimiento. Quizá si nos quedamos quietos…
Sweet negó con la cabeza, frustrado.

—Si nos quedamos quietos, se perderá más. Tenemos que encontrar otra forma.

Entre la bruma, la silueta de Melanie apenas se distinguía; su moño parpadeaba débilmente mientras las islas se alejaban. El silencio la envolvía y, por primera vez, no supo hacia dónde correr. Su respiración era el único sonido, hasta que un murmullo comenzó a crecer: aplausos lejanos, confusos, que parecían pronunciar su nombre. Miró alrededor, sombras sin rostro se movían entre la niebla y un escalofrío la recorrió. Intentó convencerse de que solo era su mente pero algo en el silencio le decía que no lo era, y desearía no haberlo escuchado.

Archipiélago de Niebla Eterna: Parte 3

Melanie recordaba el sonido del público antes de una carrera: el rugido de la multitud, los destellos de las cámaras, el peso de las expectativas cayéndole sobre los hombros. En aquel entonces, creía que correr era lo único que sabía hacer bien. Si ganaba, sonreían. Si tropezaba, todos lo notaban. La niebla no tenía aplausos, hasta que su mente los trajo de vuelta.

Un murmullo comenzó a formarse en la distancia, tan suave que al principio lo confundió con el viento. Luego vinieron los vítores, las voces mezcladas gritando su nombre.

—¡Melanie! ¡Melanie!—

La bruma vibró, repitiendo su eco hasta volverlo irreconocible.

Dio un paso hacia adelante, y la tierra bajo sus pies comenzó a desvanecerse como arena. Frente a ella, sombras borrosas tomaban forma: figuras sin rostro que levantaban los brazos, aplaudiendo, riendo. A cada palmada, algo dentro de ella se encogía.

Intentó recordar cómo se sentía correr sin miedo. En su mundo, todo era velocidad y precisión. Nadie veía el cansancio, la presión, los días en que deseaba no tener que demostrar nada.

—No puedes fallar otra vez…—susurró una voz entre la niebla.
El sonido provenía de una de las sombras, pero el tono era demasiado familiar. Era el mismo que escuchaba antes de cada competencia.

Su moño brilló, tembloroso, y Melanie se obligó a avanzar.

—No es real—murmuró, apretando los puños.

Pero el aplauso aumentó, distorsionado, burlón. La bruma se llenó de trofeos flotantes que se deshacían al tocarlos, de metas que desaparecían justo cuando parecía alcanzarlas. Después de cada paso, su reflejo aparecía entre sombras, solo para sonreírle con sarcasmo antes de fragmentarse.

Los tentáculos emergieron del fondo de la niebla, moviéndose con una calma casi hipnótica. No la atacaban, solo la rodeaban, rozándola como si susurraran sus pensamientos más oscuros.

—Nunca fue suficiente… —decían unas voces.

—Solo corrías para que te aplaudieran… —decían otras.

—¿Y ahora quién te mira?—

Melanie se cubrió las orejas, pero los aplausos atravesaban el aire, más fuertes, más hirientes. El suelo bajo sus pies se partía, dejando grietas que revelaban un vacío brillante debajo. Cada paso se sentía más pesado, como si la niebla la estuviera hundiendo.

Cayó de rodillas. Su respiración era un sollozo. El moño en su cabeza titilaba como una luciérnaga a punto de apagarse.

—Ya no quiero correr más—susurró.

Las sombras sin rostro se acercaron, multiplicándose hasta rodearla por completo. Algunas tenían su silueta, otras eran tentáculos que imitaban sus movimientos. Todas aplaudían, todas reían. Y ella ya no podía distinguir si eran burlas o festejos.

El aplauso se volvió ensordecedor. La luz del moño parpadeó una última vez antes de apagarse. Melanie se dejó caer, con el rostro cubierto por las manos, mientras la bruma la envolvía.
Por un instante, creyó que desaparecería entre esos ecos falsos, que sería solo otra sombra más.

Y entonces la escuchó.

Una voz distinta, lejana pero cálida, atravesó el ruido como una línea de luz entre el humo. No gritaba su nombre, lo pronunciaba con calma.

Archipiélago de Niebla Eterna: Parte 4

El silencio tras la desaparición de Melanie dolía más que cualquier estruendo. La niebla seguía moviéndose, como un muro vivo que separaba a los tres restantes. Sweet intentó dar un paso adelante, pero un tentáculo emergió de la bruma y golpeó el suelo frente a ella, impidiéndole avanzar.

—¡Ya basta! —gritó, dándole un golpe al aire, como si pudiera ahuyentar la sombra. El tentáculo se deshizo en humo y volvió a formarse más adelante.

Ember observaba, apretando los dientes.

—No tiene sentido, cada vez que nos acercamos, la niebla se defiende.

Sweet respiró con frustración.

—Solo iba hacia esa luz… y de pronto, ¡pum!, todo se cerró.

—No podemos dejarla ahí —dijo Limo, con la voz tensa.

—Lo sé —respondió Ember, bajando la mirada hacia la bruma—, pero ¿cómo llegamos hasta ella si no vemos ni dónde está?

El aire vibró. Un leve resplandor azul comenzó a filtrarse desde el bolsillo de Ember.
—¿Qué demonios…? —murmuró, sacando un pequeño pin que había estado olvidado desde su llegada a la isla.
El objeto latía con una luz tenue, pulsando al mismo ritmo que un corazón nervioso. De pronto, una voz temblorosa se coló entre chasquidos.
—No… no puedo… —era Melanie. Su respiración entrecortada se mezclaba con sollozos, como si hablara desde muy lejos.

Sweet se acercó, con el ceño fruncido.
—¿Es ella? ¿Cómo… cómo está hablando desde eso?
—No lo sé —dijo Ember, girando el pin entre los dedos—. Creo que está conectada de alguna forma.

El sonido volvió, más claro esta vez:
—Fallé otra vez… siempre termino arruinándolo todo…

Sweet apretó los puños.
—Melanie, ¿me escuchas? No estás sola, ¿ok?
Solo hubo un quejido, un suspiro que sonó más como una disculpa.

Ember miró el resplandor con frustración y ternura a la vez.
—Oye, ya basta de eso. Nadie vino aquí a ganar nada. No todo se trata de ganar.

El pin respondió con un leve zumbido. Melanie lo escuchaba, pero su mente seguía enredada entre las voces que la aplaudían y la juzgaban.
No entienden… no pueden ver todo lo que arruiné.

Sweet respiró hondo, más calmada.
—Eres rápida, sí, pero eso no es lo que te hace importante. Lo que vale es que sigues moviéndote, incluso cuando no sabes a dónde vas.

Del otro lado, Melanie se llevó las manos al pecho. Las palabras llegaban como ecos deformes, pero en ellas había algo cálido.
Las sombras seguían a su alrededor, pero ya no sonaban tan fuertes. Los tentáculos se agitaban, indecisos.

Limo, que había permanecido callado, se inclinó un poco hacia el pin.
—No tienes que hacerlo sola —dijo con voz baja, casi un pensamiento—. Correr no siempre es avanzar. A veces hay que detenerse para llegar.

El silencio que siguió fue diferente.
Melanie cerró los ojos. Los falsos aplausos se deshicieron como ceniza. Los tentáculos comenzaron a retroceder. Cada respiración la hacía sentir más ligera, hasta que el suelo bajo sus rodillas se estabilizó.

La luz de su moño volvió a encenderse, cálida, vibrante.
—Gracias… —susurró, apenas audible.

Del otro lado, el pin se iluminó con un destello final.
—¡Ahí está! —gritó Sweet, señalando una silueta que emergía entre la bruma.
Ember soltó el pin justo cuando Melanie cruzó el último velo de humo. Tenía los ojos húmedos, pero ya no temblaba. Limo fue el primero en acercarse, y ella la tomó con firmeza.

Por un instante, nadie habló. Solo respiraron, juntos, sintiendo que algo invisible se había acomodado entre ellos.

Melanie los miró, una sonrisa pequeña en su mirada.
—Ceder no fue rendirme —dijo con voz baja—. Fue descubrir que ganar a veces es correr en equipo.

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