El despertar en la neblina: Parte 1
La panda roja despertó en silencio.
El suelo bajo su cuerpo era extraño, suave como arena pero con una resistencia elástica que la impulsaba ligeramente al moverse. Al incorporarse, sintió una ráfaga de viento húmedo acariciarle el rostro. Frente a ella se extendía una isla flotante que crujía levemente con cada movimiento. A su alrededor, un vacío morado se perdía entre un mar de nubes. Más allá, como suspendidas en el aire, se veían otras islas conectadas por fragmentos de caminos rotos que flotaban como restos dispersos de un tiempo olvidado. Sobre su cabeza, varias esferas flotantes de luz titilaban, brillando de forma intermitente, como si observaran en silencio cada movimiento.
Parpadeó, tratando de enfocar la vista. Su visión aguda, usualmente precisa, se veía limitada por la niebla. Apenas distinguía formas a unos cuantos metros. Se levantó, sacudiendo el polvo de su ropa, y caminó con cautela, intentando no hacer ruido.
Un sonido distante le llamó la atención. No era la isla, ni el viento. Era una voz.
—¿Hola? —preguntó la panda, alzando la voz sin perder la precaución.
Una silueta se materializó entre la neblina. Al principio solo era un contorno oscuro, pero conforme se acercó, tomó forma. Era un gato negro, con las orejas tensas y la cola baja, en postura defensiva.
—¿Quién eres? —preguntó la recién llegada con desconfianza.
—Me llamo Sweet. No sé cómo llegué aquí. ¿Tú?
—Tampoco. Soy Ember.
Se miraron en silencio. La panda intentó sonreír, aliviada de no estar sola. El gato, en cambio, se mantenía alerta, sus ojos brillando con atención.
—Bueno, al menos no estoy loca —murmuró Sweet—. Ya somos dos atrapadas.
Avanzaron juntas entre la niebla. El terreno cambiaba bajo sus patas: a veces firme como piedra, a veces blando como gelatina, obligándolas a mantener el equilibrio. Las luces seguían bailando en el aire, su brillo intermitente creando un silencio luminoso que parecía observarlas con atención. Cada cierto tiempo, un tentáculo emergía de entre las nubes, envolvía una roca flotante o atrapaba una sombra alada antes de volver a desaparecer.
—¿Has visto algún camino? —preguntó la panda, esforzándose por distinguir algo más allá del velo blanco.
—No. Pero esas luces… creo que nos siguen —respondió el gato, sin bajar la guardia.
La isla tembló levemente. Una de las piedras flotantes que formaban el puente a la siguiente isla se desprendió y cayó en picada hacia la niebla, tragada en segundos.
—¿Viste eso? —preguntó Sweet, deteniéndose en seco.
—Sí. No podemos confiar en el suelo ni en los puentes.
Sweet asintió, y ambas aceleraron el paso.
Un árbol retorcido crecía al borde del sendero, cargado de frutas moradas que emitían un leve brillo.
—Tengo hambre —dijo la panda, acercándose.
—No sabes si eso es comestible —respondió el gato, manteniéndose atrás.
—Podría ser la única comida aquí.
—O podría matarte.
Sweet dudó un segundo, pero arrancó una fruta. La olió, le dio un mordisco y sonrió, moviendo ligeramente las orejas.
—Está deliciosa.
Ember la miró con desaprobación.
—Fue un placer conocerte.
—Qué rico. Me siento mejor.
Sus pupilas se dilataron brevemente. Su visión se agudizó. Ahora podía distinguir figuras a mayor distancia, aunque borrosas. A lo lejos, algo se movía rápido entre las islas.
—Hay algo ahí.
Un chillido agudo cortó el aire. Una criatura hecha de sombras líquidas emergió de la niebla, retorciéndose en formas cambiantes. Tenía ojos brillantes, pero sin forma definida, y se lanzó hacia ellas sin previo aviso.
Sweet retrocedió, con el pelaje de su cuello erizado.
—¡Corre!
Ember no se movió. En cambio, extendió las patas al frente. De ellas salió una onda de energía oscura que impactó contra la criatura. Esta retrocedió, chillando, pero volvió a cargar.
—¡Vamos! —gritó la panda, activando su visión para buscar una salida.
A lo lejos, una tenue luz verde flotaba por encima de otra isla más alta. Señaló hacia arriba.
—¡Ahí! ¡Sígueme!
Ember lanzó otra onda mientras Sweet tomaba impulso. Corrieron por un camino improvisado de piedras suspendidas, mientras la criatura las perseguía, deformándose entre las sombras.
Con esfuerzo, saltaron a una roca que subía lentamente. La criatura intentó seguirlas, pero se quedó atrapada entre las piedras inestables antes de desvanecerse en la niebla.
Ambas respiraban agitadas, con la vista fija en esa nueva isla que brillaba en lo alto.
—No sé qué es eso —dijo Sweet—, pero espero que hayan respuestas.
Ember asintió, con la cola aún erguida y la mirada fija en la luz.
—O que haya menos monstruos.
Y con un último salto, se lanzaron hacia lo desconocido.
El despertar en la neblina: Parte 2
La luz verde provenía de una grieta entre los escombros de la isla. Al acercarse, Sweet entrecerró los ojos.
—Hay algo ahí abajo —susurró.
Ember se agachó junto a ella, concentrando su energía en una onda suave que desmoronó parte de los restos.
Debajo, medio enterrado, cubierto por una luz parpadeante, yacía un ser de plumas verdes, con cuerpo redondo y rostro adormilado. Parecía un pato, aunque uno bastante fuera de lugar.
—¿Está vivo? —preguntó Sweet, inclinándose con cautela.
—¿Hola? —dijo Ember, agitando la cola—. ¿Nos escuchas? ¿Eres o te haces?
Sin respuesta.
Ember suspiró. Rodeó los escombros y, usando sus ondas, destruyó los fragmentos más pesados con cuidado. Sweet ayudó a sacar al extraño ser, que en cuanto quedó libre, abrió los ojos de golpe. La luz que lo envolvía se apagó en un instante.
—¡AH! —Sweet dio un salto hacia atrás—. ¿Estás bien?
—¿Qué fue eso? —preguntó Ember, tensando los hombros—. ¿Qué le pasó a la luz?
El pato verde se levantó sin decir palabra y, sin mirarlas, empezó a alejarse.
—¡¿En serio?! —gruñó Ember—. ¿Nada? ¿Ni un gracias?
—¡Espera! —Sweet lo siguió unos pasos—. ¿Cómo te llamas?
Se detuvo. Miró hacia abajo, como si le costara decidir si hablar o no.
—Limo.
—¿Limo? —preguntó Sweet.
—¿Y tu actitud es horrible o nomás estás confundido? —añadió Ember cruzándose de brazos.
—Sabes qué, no importa —soltó sin mirarlo, mientras le hacía un gesto a Sweet para que se alejara—. No vale la pena.
—Yo soy Sweet y ella es Ember —dijo, ignorando a su compañera.
Pero antes de que Limo pudiera decir algo más, un estruendo sacudió el suelo. Fragmentos de una isla superior comenzaron a caer, y con ellos, la misma criatura oscura de antes, envuelta en una nube de sombras.
—¡¿Otra vez tú?! —gritó Ember.
El impacto hizo temblar la plataforma, y grietas comenzaron a abrirse bajo sus pies.
Limo, sin pensarlo, extendió unas alas luminosas y voló con facilidad hacia una isla cercana, dejando a las otras dos atrás.
—¡¿Es neta?! —chilló Ember—. ¡Nos deja otra vez! ¡Este pato es un cobarde ingrato!
—¡Y volador! —añadió Sweet, esquivando un pedazo de roca que caía—. ¡Corre!
Sin saber hacia dónde ir, las dos comenzaron a retroceder. Justo cuando parecía que no quedaba salida, una serie de escombros comenzó a alinearse frente a ellas, formando un puente improvisado.
—¡Córrele! —gritó Sweet.
Las dos corrieron a toda velocidad. La criatura avanzaba detrás, pero al llegar al final del puente, Limo se encontraba allí, con sus alas extendidas hacia el frente, como guiando la estructura.
En cuanto Sweet y Ember cruzaron, el puente se desarmó. La criatura cayó en picada, disolviéndose en el vacío.
—Gracias —dijo Sweet, respirando agitada.
Ember bufó, pero murmuró:
—Sí… eso estuvo bien.
Limo bajó las alas.
—De nada.
Miró hacia el horizonte, donde la neblina parecía volverse más densa.
—¿Ustedes saben qué está pasando?
Sweet y Ember se miraron. Luego, al unísono:
—No.
Después de escapar de la isla desmoronada, se internaron en una densa neblina que parecía absorber todo a su paso, dejando a su alrededor una sensación de aislamiento total.
Sin embargo, no hay vuelta atrás.
El despertar en la neblina: Parte 3
Tras caminar durante mucho tiempo entre la neblina espesa, la visibilidad comenzó a mejorar poco a poco. Frente a ellos apareció una isla mucho más grande que las anteriores. En su borde se alzaba la entrada a una cueva subterránea, rodeada por enormes cristales que brillaban con tonalidades azules, rosas y moradas, iluminando la bruma con reflejos suaves y ondulantes. Sweet se acercó con cautela, observando los destellos.
—¿Vamos a entrar ahí? —preguntó, sin dejar de mirar la cueva.
—¿Y si es una trampa? —murmuró Ember.
Limo solo observó en silencio.
De pronto, un zumbido veloz cortó el aire. El grupo se tensó al instante. De la niebla salió disparada una figura amarilla, apenas distinguible por lo rápido que se movía. Se detuvo de golpe frente a ellos, sacudiendo el polvo a su alrededor. Era un perro amarillo, con energía desbordante en cada movimiento.
—¡Hola! ¡Qué bueno ver caras nuevas! —dijo con entusiasmo, casi sin respirar—. ¡Llevo horas, o días, o semanas dando vueltas en esta niebla!
Los tres la miraron sin saber qué decir.
—Soy Melanie —continuó, sin esperar respuesta—. ¿Ustedes también están atrapados? ¡No importa! ¡Vengan! ¡Esta cueva es el único lugar que no he explorado! Si vamos como equipo, seguro descubrimos algo.
Ember entrecerró los ojos.
—¿Equipo? O sea que nosotros entramos y si nos comen, tú sales corriendo.
—¡Qué desconfiada! —se rió Melanie, como si fuera un juego—. Aunque no suena tan mal…
Sweet rebuscó entre sus cosas y sacó dos frutas. Le ofreció una a Limo y otra a Melanie.
—Por lo menos come algo antes de que te lances.
Limo asintió, y Melanie aceptó encantada mientras seguía parloteando.
Ember cruzó los brazos.
—No aceptaré comida de extraños. O de gente que quiere entrar a un agujero brillante.
El grupo se acercó a la entrada de la cueva. Desde dentro, los cristales emitían un zumbido bajo, casi imperceptible. Melanie se asomó al túnel oscuro y luego miró a Ember con una sonrisita.
—Bueno, tú pareces lista. ¿Qué tal si entras primero? Ember alzó una ceja, cruzándose de brazos.
—Ajá… mejor entra tú, chica líder.
—¿Líder yo? ¡Ni me conocen!
—¡Exacto! —replicó Ember, sarcástica.
Mientras discutían, Limo se alejó unos pasos, atraído por el brillo de los cristales más cercanos. Se agachó a tocarlos, tratando de descifrar si vibraban con algún patrón.
—¿Entonces quién entra primero? —dijo Melanie, girando hacia Sweet— ¿El mapache? —¡No soy un mapache! Soy una pandaaa… Melanie la empujó sin previo aviso hacia el agujero.
Sweet seguía gritando mientras desaparecía entre los cristales.
—¡¿Qué rayos te pasa?! —gritó Ember—. ¡Eso no fue gracioso!
—¿Ah, no? Yo me reí —contestó el perro, y la empujó también.
Melanie volteó hacia Limo, que ya la observaba con ojos como platos.
—¡Tú sigues!
—¡Yo me aviento solo! —dijo rápidamente, y se lanzó sin pensarlo dos veces.
—¡Yuuuupiii! —gritó Melanie, saltando tras ellos con una sonrisa gigante.
La entrada quedó vacía. Solo el eco de las risas y los cristales resonaba desde el fondo del túnel.
El despertar en la neblina: Parte 4
El túnel se convirtió en una resbaladilla empinada, haciendo que todos cayeran uno tras otro. Gritaron mientras descendían, aunque el trayecto se volvió más divertido que aterrador. Al llegar al fondo, rodaron por el suelo pero misteriosamente, nadie salió herido.
Se incorporaron lentamente, sacudiéndose el polvo. Los cristales del lugar iluminaban todo con destellos que rebotaban por las paredes como si el lugar respirara luz.
—¿Estamos vivos? —preguntó Ember, mirando sus manos con incredulidad.
—Y sin un rasguño —dijo Limo, sorprendido.
—¿No fue divertido? —comentó Melanie, estirándose como si acabara de bajar de un tobogán en un parque.
Todos la voltearon a ver con cara de pocos amigos.
—¿Empujarme era necesario? —gruñó Sweet.
—¡No podíamos quedarnos allá arriba toda la vida! Además, ya se te quitó lo gruñona, ¿no? —contestó Melanie, con una sonrisota.
Pero antes de que alguien respondiera, los cristales emitieron un resplandor aún más fuerte, envolviendo el lugar en una atmósfera hipnótica. Todos quedaron en silencio, embobados por la belleza del entorno.
Más tranquilos, comenzaron a caminar por un túnel serpenteante que desembocaba en varios pasadizos. Cada uno parecía igual de misterioso y peligroso.
—Propongo ir por aquí —dijo Sweet, señalando el camino con mejor visibilidad.
—Yo digo que ese —apuntó Melanie, hacia uno que parecía más estrecho y oscuro.
—No pienso seguir a alguien que empuja a sus compañeras —murmuró Ember.
—Entonces nos separamos —sugirió Limo, con calma—. Sweet y Ember por un lado. Melanie y yo por otro.
—Va, pero si se pierden, no digan que no les advertí —dijo Melanie, guiñando un ojo.
Así, el grupo se dividió y cada par se internó en un pasadizo distinto. El silencio pronto fue interrumpido por un sonido gutural que resonó por los túneles.
De pronto, unas figuras sombrías y deformes salieron de las paredes, atacándolos al mismo tiempo. Sweet y Ember corrieron de regreso, al igual que Limo y Melanie. Al encontrarse en una cámara central, las criaturas se fusionaron en una masa oscura con múltiples ojos brillantes.
—¡¿Qué es esa cosa?! —gritó Melanie, poniéndose detrás de Limo.
—¡Estos no nos dejan en paz ni cinco minutos! —gruñó Ember.
Sweet trató de tomar el control.
—¡Tenemos que trabajar juntos!
—¿Y si mejor corremos? —sugirió Melanie.
—Si lo dejamos aquí, puede seguirnos —respondió Limo, con un tono inusualmente firme.
Ember lanzó una onda sónica sin avisar, pero el monstruo apenas retrocedió.
—¡Avísanos antes de hacer eso! —protestó Sweet.
—¡No tengo tiempo para juntas! —replicó Ember.
Limo intentó invocar un hechizo, pero su concentración se rompió cuando Melanie se cruzó corriendo frente a él.
—¡¿Qué haces?! —exclamó Ember, frustrada.
—¡Estoy improvisando! ¡Me toca ser útil también!
Sweet cerró los ojos un segundo, ignorando el caos. Con su visión aguda, notó un grupo de cristales sueltos en el techo.
—¡Ahí! —gritó, señalando—. ¡Si lo hacemos caer, podríamos aplastarlo!
—¿Y cómo lo hacemos sin matarnos también? —dijo Ember, sin moverse.
—¡Yo lo distraigo! —dijo Melanie, ya corriendo de nuevo.
Esta vez se coordinaron. Limo esperó el momento preciso y lanzó una descarga mágica que debilitó al monstruo. Ember soltó otra onda sónica, dirigida al techo, quebrando parte de la estructura. Melanie pasó justo por debajo, provocando que la criatura la siguiera. Cuando estuvo en el punto exacto, Sweet dio la señal.
Los cristales cayeron sobre la criatura, encerrándola en una prisión improvisada.
El grupo se quedó en silencio unos segundos, respirando con dificultad.
—Bueno, eso funcionó —dijo Limo, sorprendido.
—Por poco y nos matamos entre nosotros —refunfuñó Ember.
—Pero no nos matamos —dijo Sweet, con una leve sonrisa—. Vamos mejorando.
—No se acostumbren —respondió Melanie, mientras se sacudía el polvo—. Sigo sin querer morir por ustedes.
Aun así, nadie propuso separarse de nuevo. Sin decirlo, sabían que solos no sobrevivirían. Uno a uno, cruzaron el pasadizo serpenteante, rodeados por cristales que brillaban como estrellas enterradas. Las sombras danzaban en las paredes detrás de ellos, pero esta vez las enfrentarían, juntos.
